Jugando en casa con una ouija casera



La siguiente historia de terror ocurrió en una casa común y corriente:

La familia de Daniela se hizo amiga de una familia numerosa, en especial de dos hermanos: Lisset y Miguel.

Lisset era de la edad de la hermana mayor y Miguel salía aquel verano con Daniela. Aquel verano era el verano en que la prima Mercy y el amigo de la familia estaban pasando un mes, y en esta ocasión no había padres que vigilaran los actos de sus hijos.

Allí estaban Daniela y su hermana mayor (Silvia), la prima Mercy y el amigo de la familia (Jesús) junto con los hermanos Lisset y Miguel.

Decidieron jugar a la ouija y al no tener un tablero, Daniela se ofreció a hacer las letras recortando trozos de las tapas de sus libretas y escribiendo las letras con un rotulador.

Se pusieron alrededor de la mesa redonda no sin antes rociarla con unas gotas de aceite para que el vaso se deslizara sin que apenas los dedos pudieran tocarlo. Todo estaba previsto para poner las cosas muy fáciles al espíritu que viniera.

Comenzaron riéndose y bromeando. Entonces Silvia se puso seria y dijo que ya estaba bien que se debían concentrar para atraer un espíritu. Todos le hicieron caso y quedaron en silencio, ya nadie se rió cuando dijo “espíritu, si estás ahí, danos una muestra”.

A los cinco minutos Miguel comenzó a golpear el vaso con su dedo. Estaba totalmente perdido con su mirada fija en el vaso, lo golpeaba una y otra vez, levantaba el dedo, lo dejaba caer y así repetidas ocasiones.

Daniela tenía a Miguel al lado, le pasó la mano por los ojos y Miguel respondió bajando los párpados para no abrirlos. En el mismo momento en que cerró los ojos, su dedó tocó por última vez el vaso y se desmayó sobre la mesa.

Como pudieron pasaron su pesado cuerpo al sofá y lo dejaron allí preguntándose qué le ocurría. Entonces se dieron cuenta de dos detalles: en sus ojos cerrados se deslizaban lágrimas y por otro lado, de su boca entreabierta se empezaba a escuchar una risa, una malvada risa femenina que parecía propia de una bruja.

Se asustaron muchísimo y Silvia le pidió ayuda a Mercy:
-Tú tienes poderes Mercy, haz que despierte, haz algo por favor.

Mercy respiró hondo y salió al balcón para concentrarse en soledad. Era verdad, tenía ciertos poderes, no en vano decían que su propia madre era una bruja.

Mientras, Lisset miraba nerviosa a su hermano, Jesús y Silvia se miraban y se preguntaban qué era esa risa que salía de su boca, Daniela, desde los pies de Miguel, miraba hacia el balcón rezando para que Mercy pudiera sacarlo del trance.

Mercy entró de nuevo y se dirigió hacia Miguel que seguía tendido en el sofá. Le cogió la mano, y con voz grave le dijo:
- Miguel despiértate.

Fue una orden. Y en un minuto los ojos de Miguel estuvieron luchando por abrirse. Cuando al final lo hizo se sentía mareado y extraño. Antes de contarle lo que había pasado, Daniela le preguntó qué había sentido:
- Tenía frío y calor, todo se puso negro y no recuerdo nada más.

Mientras trataban de tranquilizar a Miguel, Daniela se dedicó a desmantelar la mesa. Todas las letras irían a la basura, pero algo llamó su atención. Una letra había salido perjudicada con el aceite, estaba manchada. Daniela la levantó, era la letra “L”. Con estupor comprobó que el aceite había formado lo que desde nuestra infancia consideramos un fantasma, ese que hasta te puedes comer en helado o que aparecen en los dibujos infantiles. El fantasma tenía una especie de boca hacia abajo. Al darle la vuelta a la letra comprobó algo más: por detrás, la boca sonreía. Miguel había llorado y había reído, aunque no lo recordara. Las letras mostraban ambos estados de ánimo.

Curiosamente Daniela no se percató de la relación entre estos dos detalles hasta que una amiga, lo relacionó y se lo dijo. Daniela cayó en la cuenta y desde entonces la historia le da más terror.

Eso no fue lo más aterrador de la historia, dicen que al terminar una sesión hay que romper el vaso para que el espíritu se marche de la habitación donde se ha hecho la ouija. Ellos tiraron el vaso de cristal desde el tercer piso… y no se rompió.

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